XVIII ENCUENTRO CON JESÚS MAESTRO INTERIOR

PARA CONOCER A DIOS LO MEJOR ES PROBARLO



I N T R O D U C C I Ó N

No tenemos más remedio, una vez más, que reconocer la sensación gratificante que experimentamos al acercarnos a nuestro Maestro, Jesús el de Nazaret, y sentirnos enriquecidos en aspectos variados de nuestro “camino interior”.

Tantos años con él y, a estas alturas le vamos tomando gusto. ¿Cómo al vino reserva? También. Pero, es preciso decirlo: es él, el maestro, quien va adecuando la misma “bodega”, la nuestra,  para que, tratándose del mismo “vino”, la capacidad catadora de los discípulos va enriqueciéndose en finura para acercarse, cada vez más, al auténtico sabor, al verdadero jugo “de la vid y del trabajo del hombre”.

Dejadnos desahogarnos. El “Camino” nos viene resultando como algo vivo, siempre novedoso y misterioso. Más o menos a nuestro lado, sentimos lo desconocido, pero real; lo indescifrable, pero cierto. Y muchas veces quedamos sin palabras. Pero cuando la Palabra, la suya,   nos sale al encuentro, produce en nuestro interior una sensación tranquilizante, fruto del encuentro con aquello que te afianza, porque te ayuda a reconocer que “esto es así”.

En el proceso interior no todo tiene la misma importancia e intensidad. Pues bien, hoy vamos a entrar en contacto con algo que, desde diversos puntos de vista, es importante. Antes, a Dios le metíamos hasta en la sopa. Hoy, parece que se nos ha diluido hasta el punto de dejar casi de existir. Y, sin embargo, hoy, despertándonos de nuestro sueño, percibimos la aurora del “primer día de la semana”, cuando se nos manifestó la Palabra, que, a veces, nosotros la ponemos nombre, y, otras, ella se nos presenta realmente con el suyo. En ocasiones, nosotros la miramos y distinguimos, y, otras, es ella la que se nos revela, convenciéndonos de su autenticidad: “es el Señor”.

ENTRANDO EN LA NUBE

LA VOZ SUENA:

Juan 4, 5-15

1.- Dos niveles de relación

Los humanos tenemos un convencimiento de antiguo según el cual lo que vemos es porque, de verdad, existe. Tan cierto que, hasta lo podemos tocar. Pues nada tan lejos de la realidad.

  • Dimensión “relativa” de la realidad

Es aquella que nosotros la configuramos a partir de nuestras necesidades o dimensiones superficiales.

Hemos visto en el evangelio que tanto Jesús, como la samaritana, se mueven por la sed: la mujer desea sacar agua del pozo, y Jesús le dice: “dame de beber”. Lo que les mueve es la misma necesidad: el agua. Todos hemos oído cómo caminantes del desierto, afectados por la sed, han visto, a lo lejos, pozos de agua influenciados por su propia necesidad: han visto lo que se han imaginado, porque lo desean.

¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no tratan con los samaritanos). La mujer, debido a su cultura, ve en Jesús a un enemigo. Es un enemigo. El ambiente que se respira le está diciendo eso.

  • Dimensión “absoluta” de la realidad

Es aquella que se nos revela. No es un espejo que refleja lo que nosotros buscamos o pensamos. Es una realidad que se nos abre según ella es.

“Jesús le contestó: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva”.

Aquí Jesús no se queda a un nivel relativo. Habla desde una dimensión profunda: el don de Dios. El hace mención a lo profundo y dirige la atención de la samaritana, también, a lo interior. No se trata de un deseo o una necesidad, sino de algo que “es” (está) ahí por derecho propio. Jesús, en este momento, no se ve desde la sed que tiene, sino desde lo que realmente es: Hijo del Padre. “Tú le pedirías agua, y él te daría agua viva”. Jesús se apoya en una realidad que la siente en su interior. Lo cual nos muestra el nivel interior en el que se encuentra. En una lógica total con aquello otro de: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.

La samaritana, a pesar de todo, continúa en su nivel de visión: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas tú el agua viva?”

Jesús no se desvincula  de su vivencia: “El que bebe de esta agua, vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial de agua que salta hasta la vida eterna”.

La samaritana, parece que sigue en su línea: “Señor, dame de esa agua, así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”.


2. La realidad nos posibilita experimentar esa doble dimensión, también hoy.

Experiencia de Mabel.

“Si tuviera que reducirla a una palabra, esa palabra sería felicidad. Una felicidad serena, llena de paz y armonía. No hay risas, ni juergas, ni bailes, ni juegos. Sólo una sensación. La sensación de estar bien, de dibujar una sonrisa espontánea en la cara, sin motivo aparente.

Pero si hay algo que lo ha motivado. Un encuentro ¿conmigo misma? ¿con la realidad que atesoro dentro de mí? ¿con…? no lo sé. Pero lo que sí sé, es que algo especial despertó en mí esa sensación.

Todo empieza con la oportunidad de asistir a un retiro espiritual al Santuario de Loyola. Y, venciendo mis incertidumbres, miedos y reservas, inició un viaje tranquilo, por el silencio, por la interiorización, a través de la meditación y de las palabras de Jesús. Y, como hemos descubierto en otras ocasiones, el premio no estaba al final del viaje, el premio está en el mismo viaje. Pero al final del viaje, queda ese poso, esa sensación, esa sonrisa…

He observado que la felicidad no está solo en las alegrías y diversiones que nos ofrece la vida exterior, “en el pozo” sino también y sobre todo, en esa fuente que mana en nuestro interior, en nuestra intrínseca naturaleza, en la naturaleza divina que nos crea, que SOMOS.

Y me siento afortunada de haber recibido esa sonrisa, en cuyo dibujo, sin duda, también colaboraron todas las personas que me acompañan en ese viaje y en el viaje de la vida.

3.- Puntos de referencia para nuestro camino

Juan Bautista, haciendo referencia a la presencia de Jesús entre los que desean su bautizo, dice: “Conviene que él crezca y que yo mengüe”.

Jesús, hablando con Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo”.

“Si el grano de trigo no muere, no produce fruto”.

La misma práctica de la meditación nos conduce en esta transformación.

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