EL ICEBERG

El descubrimiento de lo más pequeño o el reconocimiento de Algo Mayor que se te hace presente

Normalmente hemos utilizado este símbolo como expresión de una realidad altamente desagradable, vergonzante,  ante la que “ya nos podemos preparar”, porque, todavía, lo que nos puede venir, lo desconocemos, ya que es demasiado “terrible” para, ni tan siquiera, imaginarlo. Sólo sabemos algo de la “parte más pequeña”, la que se ve. De la que está bajo el agua, ni idea.

En otras palabras, el “iceberg” nos muestra, como decimos, la “parte más pequeña” de una realidad, una catástrofe, un problema, una desgracia. Pero resulta que la  “mayor parte” del paquete que se nos avecina, lo desconocemos.

La sensación general que un iceberg nos transmite, dentro de nuestra cultura, es la de “prepararse a lo que viene”, “mentalizarse porque lo peor, todavía, no ha llegado”, “que nos tenemos que poner las pilas”.

En estas líneas queremos hacer un ejercicio creativo para usar el símbolo del que hablamos, como una fuente de inspiración y confianza, como un reconocimiento de que “en lo que no se ve”, atisbamos la presencia de una “piedra angular” que puede ser la que nos sostenga en el futuro que se nos posibilita. Lo “desconocido”, en este caso, no asusta. Tranquiliza.

El iceberg no es, simplemente, un símbolo. Es un paradigma. Y no solo eso, sino que es un paradigma válido para nosotros hoy. Por muchos motivos, algunos de los cuales aparecerán en las líneas que siguen.

Decir, desde ya, que nuestra fuente de inspiración en lo que sigue, es Mariá Corbi, quien en 1998 impulsó la creación del Centro de Estudios de las Tradiciones de Sabiduría (CETR) del que es su director. Amparados en su magisterio, rogamos poder hacerlo de la mejor manera y más fiel  posibles.

Ahí tenemos al iceberg. Uno de los aspectos que primero nos viene es que el ser humano tiene un doble nivel de relación con la “realidad”. En ella (en la realidad), como en nuestro símbolo elegido, hay algo que se “ve”, y, además, “es” algo  presente en lo profundo, que, cuando sea, se nos podrá revelar, se podrá manifestar.

En esta dirección, en todo cuanto existe, podemos distinguir una “forma” que se nos manifiesta (lo que vemos) y un “fondo” en el que la forma “vive, se mueve y existe”. Como la ola del mar. La ola es una “forma”, y existe mientras la ola dure. Y cuando esto ocurre, la “forma” desaparece. Pero, no acaba ahí todo. En ese momento el “fondo” (el mar) emerge, se nos presenta.

A la hora de vivir, estancarnos en las formas, es quedarnos cortos. Porque las podemos “domesticar”: verlas, juzgarlas, interpretarlas y manipularlas a nuestra conveniencia. He aquí nuestro primer posible engaño. Estaríamos actuando con la realidad a nuestra imagen y semejanza, a nuestro gusto, según nuestros intereses y deseos. Cuando es ella, desde lo que es, la que nos tiene que ofrecer la orientación a seguir. Qué pasa con el cambio climático, por ejemplo.

La verdadera esencia de todo es su “fondo”. Había un señor que tenía miedo a las serpientes. Una noche, a la entrada de su casa, “vio” una culebra. El susto fue enorme. Comenzó a gritar, pidiendo ayuda. Es socorrido por un vecino, y los dos van a ver aquella serpiente. Con mucho sigilo y recelo abren la puerta, encienden la luz, y… se trataba de una simple cuerda en el suelo. Desde el primer golpe de vista, el dueño de la casa se quedó cogido por la forma de algo que parecía una serpiente. Pero la esencia de esa “forma”, su “fondo” no era de un posible animal venenoso, sino de una normal cuerda. Esto era lo verdadero. Y si queremos acertar, es en esa dirección por donde debemos caminar.

Desde lo que venimos diciendo, el iceberg nos está sugiriendo la importancia de vivir desde el “fondo”, desde el interior. Es ahí donde nos podremos encontrar con eso que denominamos: la “verdad”.

Y, por qué, cambiando de aspecto, a la hora de imaginarnos al ser humano, no lo hacemos, igualmente, desde la imagen del iceberg. El ser humano, como iceberg. Con todo lo que hemos estado hablando hasta ahora.

También en nosotros, lo que se ve, lo que conocemos de nosotros mismos, es poca cosa. Cuando nuestro verdadero fondo, nuestra auténtica realidad es en nuestro interior, en lo que no se ve. Nuestra forma es humana. Pero tenemos un fondo a  “imagen y semejanza” de Dios. Tenemos dos posibilidades: la de movernos desde las formas, incluida la nuestra, o desde el fondo. Y, como decía el maestro, para saber quién va a ganar, si la forma o el fondo, fíjate cuál de las dos dimensiones es la que más estás alimentando.

Para vivir de manera acertada, hay que caminar hacia el “adentro” de  todo. Es la única solución de salida.

Volviendo a nuestra fuente de inspiración, Mariá Corbi, decir que esto es irreversible. Quien quiera sobrevivir en el futuro, tendrá que incorporarse a este “camino”.

Para hacerlo posible, está, también, la Asociación Anawin.

José Cruz Igartua

1 comentario

  1. Maria Jose

    Siempre me embelesas con tus escritos, José, hoy me quedo con que tenemos forma humana pero fondo divino. Cual alimentar? Voy a intentar que ninguno de los dos pase hambre. Gracias Jose

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