LA AUTORIDAD O LA MAESTRÍA SON DE VERDAD O SE LAS LLEVA EL VIENTO

Cómo acierta el ojo de la gente. Efectivamente, hace más de dos mil años, en la época de Jesús de Nazaret, ya se comentaba: “¿Qué está pasando aquí? Es una nueva enseñanza, llena de autoridad”.

Siempre hemos sido sensibles hasta en los más insignificantes detalles. Consciente o inconscientemente, todo se nos ha ido grabando. Y a medida que pasan los años, seguramente debido al fenómeno de la generalización, nos hemos ido percatando de aspectos que antes apenas nos impresionaban. Yo, siendo chaval, cuando se oía la palabra “concentración” lo hilaba con la oración, el silencio, lo sagrado, etc… Y ahora, hasta en el campo de fútbol se requiere esa actitud en los mismos jugadores. Siempre hemos captado, también,  cuando una persona era un tanto orgullosa. Pero ahora, calificamos con más fuerza cuando a alguien se le nota su “ego”, por ejemplo. Y hemos llegado a una finura tal que, incluso en algunos maestros espirituales, lo estamos notando. Como aquello que se decía: “en casa del herrero, cuchillo de palo”.

Pero, afortunadamente, también hoy se desea y valora el encontrarnos con personas auténticas, leales, transparentes, con una notable, como se dice ahora, “inteligencia existencial”.

Me llena el corazón, y por eso me he puesto a ordenar unos pensamientos, la buena noticia de que contamos con un verdadero Maestro que, precisamente por esta “joven” sensibilidad, nos puede impresionar de forma extraordinaria. Hablo de Jesús de Nazaret. Admirable por donde se le mire. Auténtico por donde se le “pruebe”. Todo un “pedazo de hombre”.

Siéntete felicitado ya desde ahora, porque te gustará caer en la cuenta de toparte con “Algo tan Noble”. Para mí, también, ha sido todo un hallazgo. Agradezco de corazón a José Antonio Pagola, autor de esta enriquecedora presentación de “Jesús, Maestro Interior”.

Fíjate: “… nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, y nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera revelárselo” (Mt 11,27). Esto responde a una experiencia vivida por el Hijo y el Padre. No es el Hijo sólo el que se da por enterado de este grado de comunicación. Los dos se sienten enfrascados en este mutuo conocerse. Ambos son conscientes de lo que uno sabe del otro. El grado de conocimiento que expresa este mutuo saberse, manifiesta el nivel, igualmente, del propio conocimiento de cada uno.

Además, esta intercomunión los lleva a sentirse el uno en el otro. De modo que, al estilo de San Pablo, Jesús podía decir: “Ya no soy yo quien vivo, es el Padre quien vive en mí”. Y el Padre: “Ya no soy yo quien vivo, es el Hijo quien vive en mí. Porque él y yo somos uno”. Y aquello de: “quien me conoce, conoce al Padre. Y quien le conoce, me conoce a mí”.

Esto de encontrarte con un Maestro que, de verdad, le sientes “centrado en Dios”. En quien no encontramos ni pizca de sospecha de otro tipo de intereses como no sea el deseo del Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo sus planes” (Jn 4,34). Ante un hombre así, te encuentras seguro.

No solo eso. Él nos abre su corazón, y nos cuenta sus desahogos íntimos con el Trascendente: “te doy gracias porque has ocultado todo esto a los sabios y entendidos y se lo has revelado a los sencillos. Sí, Padre, así lo has querido tú” (Mt 11,25-26). El ser humano no pone pegas a las decisiones del creador. No sólo por respeto, sino también por coincidencia. “Lo que a Él le parece bien, a mí también. Porque su vida es mi vida. Su visión de las cosas es la mía. Su gloria es la mía, y la mía es la suya”. Como se ve, se percibe una sintonía perfecta. A esto podemos llamar “identificación”.

Y la gente de su tiempo lo percibía así. “El que habla por su cuenta, lo que va buscando es su propio honor. En cambio, quien solamente busca el honor de aquel que lo envió, es un hombre sincero y no hay falsedad en él” (Jn 7,18).

Jesús, convencido de su propia honestidad y de la llamada interior que él sentía de poner en funcionamiento tanta “Luz”, invitaba: “¡Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso” (Mt 11,28). La única y principal condición que pone es “estar cansados y agobiados”. Ya podemos oler de dónde puede surgir una invitación así: de un corazón con una infinita sed de hacer el bien. Para qué? Para ofrecer descanso. Y ¿cómo?  Tomando conciencia, conociendo la orientación holística, presente en todo lo creado, a favor nuestro. En nuestra tierra hay elementos más que suficientes para poder vivir decentemente; fuentes de salud sobradas; variedad de medios propios para cada cultura; corazones extraordinarios capaces de lo mejor. Y, sobre todo, un AMOR DIVINO que nos ha creado, que se ha comprometido hasta la locura a favor nuestro, incondicional a todas luces. Y que nos asegura, en su Hijo, un triunfo final. Me refiero a la Resurrección. Porque su Futuro es el nuestro.

Y qué os parece esto: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). En otras palabras: “todo lo que os he dicho, no es una farolada. Podré ser muchas cosas, pero orgulloso, no”. Esto me recuerda aquel chiste contado en uno de sus libros por Torres Queiruga: “Estaban dos frailes hablando. Un jesuita y un franciscano. Éste, con su carácter humilde por carisma, le decía al jesuita: ´vosotros, sí que soy famosos. Tenéis gente ilustre, inteligente, de buenas familias. Nosotros, sin embargo, somos pobres, insignificantes, desconocidos… Pero, eso sí, en humildad no nos gana nadie”.

Pues bien, éste no es el caso de Jesús. “Manso y humilde de corazón”. En algunos pasajes de los evangelios hemos visto a Jesús, intuyendo, después de algún milagro, que la gente le quería enaltecer, se escabullía y desaparecía. Era importante no despistar al personal. El Padre es el “Padre”, a Él los reconocimientos y alabanzas.

Y algo más, recordando aquello de “quien me ve a mí, ve al Padre”, como decíamos arriba, os imagináis que todo un Dios, nuestro Dios, también, nos dice: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Hay un texto en el AT en el que el pueblo de Israel queda impresionado y exclama: “qué nación hay tan grande como nosotros, que tenga a sus dioses tan cerca como lo tenemos nosotros” (Dt 4,7).

Tanta humildad, tanto desapego, tanto salirse de sí mismo, por AMOR. Ojalá que nosotros sigamos a tal Maestro porque su voz nos suena. Y que cunda el ejemplo.

José Cruz Igartua

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