IX ENCUENTRO CON EL MAESTRO JESÚS

 MANTENERNOS EN LA PALABRA DE JESÚS

No nos cansaremos de decir que, para nosotros, cada uno de los “Encuentros con Jesús, Maestro Interior”, están siendo novedosos, en el sentido de que nunca nos habíamos imaginado que, al preparar estas reuniones, íbamos a sentir una sensación de encontrarnos, cada vez, con lo inesperado.

Bien es cierto que la trayectoria del equipo ha sido un sumergirnos, a lo largo de bastantes años, en unas frescas y variadas aguas que nos han ayudado a “estar naciendo de nuevo”, cada vez un poco más.

Pero, sobre todo, también es verdad que la vivencia de estos “encuentros” rezuman dimensiones, realidades, novedades, de elevados calados.

Nos anima la seguridad de que esta tónica irá manando a lo largo de las reuniones, y que todos los participantes nos sentiremos “tocados” por esa gracia que procede de lo alto.

Hoy el ritmo que vamos a llevar se diferencia un poco al de otras reuniones. Lo que más nos motiva el hacerlo de una forma o de otra, es la búsqueda de aquella manera que más nos ayude a experimentar lo profundo de lo que tocamos.

Bastante al principio, leeremos el texto que nos toca, del evangelio de san Juan. Tendremos un tiempo denso de interiorización.

Después, a fin de entrar en el espíritu del tema, nos serviremos de una parábola, una historia con momentos concretos, el “Hijo Pródigo”. Lo hacemos así porque, lo vivido, cuando resulta simbólico, ofrece una claridad y riqueza a flor de piel con una “música de fondo” que sabe a eco. Que aproveche.

INTERIORIZACIÓN Y LECTURA DEL EVANGELIO: Juan 8,31-36

(contemplación)

LECTURA DE LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO: Lucas 15,11-32

Queremos ahondar y vislumbrar dos frases: “Si os mantenéis en mi palabra…, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”.

CONOCERÉIS LO QUE ES VERDADERO:

Pensemos en el joven: él conoce lo que es y supone vivir en casa de su padre. Por otro lado, tiene unas ansias grandes de probar sensaciones y vivencias nuevas. Vivir una vida a su aire. Piensa que lo pasará bomba. Y así fue al principio. Pero después…

El creía que lo “verdadero”, lo que le iba a pasar, sería lo que pensaba. Pero se equivocó. Y llegó a una degradación radical. Más bajo que los propios cerdos.

Al querer marchar, no pensó absolutamente nada en su padre, por ejemplo. Como que se desentendía de todo lo que le podría pasar. El se limpiaba las manos.

Jesús nos decía en el primer texto del evangelio: “Si os mantenéis en mi palabra…, conoceréis la verdad” . Este joven, en qué se está manteniendo, en qué se quiere apoyar, qué camino ha elegido para encontrar la felicidad.

Hasta dónde se puede llegar, cuando uno se desentiende de aquellos que más le han querido, sus padres, ancianos.

Pensemos en el padre: por la experiencia que dan los años, sabía hasta dónde podría llegar su hijo. Tenía que estar dolido porque veía su egoísmo. Al fin y al cabo lo que le iba a dejar, sería una situación para el hijo bastante decente. Era una familia con criados y todo.

Cuando un padre es mayor, y sientes el desprecio, parece que duele el doble.

Pero el padre, ante la petición de su hijo, se apoyó en la palabra de Jesús; y éste, en la palabra de Dios. Allá, por ejemplo, en el Génesis: cuando Dios creó a la pareja humana les dijo: “Creced y multiplicaos”. En otras palabras, “Madurad”, “responsabilizaros”. Dios nos quería maduros, responsables. Y el padre del evangelio, aun sabiendo el golpe que iba a recibir su hijo, no pensó en sí (el padre), sino en el hijo, en el sentido del bien que un garrotazo tal le podía ayudar a asentar la cabeza. Y consciente el padre, de que le pasase al hijo lo que le pasase, allí estaría él para seguir amándolo. Luego lo veremos más esto.

En qué palabra se mantenía el padre de la parábola. En la Palabra del Padre.

Desde que su hijo menor salió de casa, el padre no dejó de pensar en él, ni de dar muestras de todo lo que le seguía queriendo. El padre, a las mañanas y durante el día, no se asomaba solo a la ventana a ver si atisbaba por alguna parte la imagen de su hijo. No. Salía al campo para tener un mayor horizonte de visión. Le deseaba tanto que su campo de visión tenía que ser tan grande como el anhelo de su corazón.

Pasemos al hijo pródigo en crisis. Al principio de la historia, el hijo se veía rico, rodeado de un montón de amigos, con un estilo de vida espléndido. Pero la realidad le deshizo todos sus ídolos. Fue descubriendo la mentira de sus sueños y el vacío de todos sus apoyos. Y comenzó a darse cuenta de que en casa de su padre todo era distinto. Aquello era vivir, tener dignidad, sentirse acogido. Y lo que nunca se habría imaginado, aquello sí que era AMOR.

Puede ser interesante comentar el cambio en el hijo pequeño. El vivió muchos años con su padre, en su casa, con su familia. Entonces no lo valoraba ni lo disfrutaba. Tuvo que vivir todo lo que le pasó, para descubrir lo feliz que se tenía que sentir en aquel ambiente y con aquella gente, con aquel regalazo que Dios le había concedido. Aquello, sí que era verdad.

Es ahora cuando el joven comienza a vislumbrar la autenticidad de lo que existía en su casa. Aquello era, de verdad, diferente. Aquello, verdaderamente, le podía llenar.

Por otra parte, ahora se siente vacío. Qué diferencia. Esto me recuerda aquella experiencia que tuve antes de ir al seminario. Tenía 12 años. En mi casa, con frecuencia cenábamos tortilla de patatas. Yo me quejaba a mi madre: “siempre lo mismo”. “Y que no te falte” me respondía. En el colegio nos ponían la tortilla de patatas una vez al mes. Y, en una de las visitas de mi madre, le dije: “cuánto echo de menos tu tortilla”.

Las palabras de Jesús, en las que nos tenemos que apoyar, a veces, las podemos oir; pero, otras, las podemos sentir. Ahí, en nuestro interior. En ese vacío de nuestro protagonista faltaba la realidad de aquellos recuerdos vividos junto a su padre. Seguro que no lo pensó. Pero, lo experimentó: “la verdad, lo verdadero me acompaña siempre”. Ese cambio de ambiente interior fue para el “pequeño”, el comienzo de una nueva libertad. Y se puso en camino.

El padre, en medio de aquel enorme dolor, se sentía acogido y sostenido por el convencimiento de que “lo bueno y bien usado”, cuando sea,  dará su luz. Y así fue.

“Permanecer en su palabra”. “Permanecer en mis convencimientos” nos deja su correspondiente resultado: se cumplen. No cuando uno lo desea, o lo piensa, o lo quiere. Sino, cuando le llega el momento.

El padre, consciente de su bondad, su sinceridad, su verdad, tiene seguro de que “mi hijo tiene que volver”. Y, cada vez que se coloca en el horizonte de la esperanza, era como afirmar: “nunca me cansaré, porque estoy seguro de que vas a llegar”.

Y LA VERDAD OS HARÁ LIBRES

Está claro que la mentira, lo que no es verdad, lo que parece que sí, pero es que no, todo eso no nos hace libres. Es más, nos esclaviza, nos destruye.

Sin embargo, LO VERDADERO, aunque nos lleve por un proceso de purificación, nos hace libres.

El padre de la parábola, si se hubiese dejado coger por el desprecio de su hijo hacia él, por no valorar absolutamente nada todo lo que durante su vida trabajó por él. Si hubiese creído que lo mejor hubiese sido “borrón y cuenta nueva”. “Ojos que no ven corazón que no siente”. Si se hubiese apoyado en todos estos sentimientos, hubiese muerto encadenado, inmovilizado, desesperado.

Pero, en medio de todo esto, él sintió la llamada de “Creced y multiplicaos”. Se apoyó con todas sus fuerzas en estas sugerencias como queridas por Dios.

Y esto le dio una capacidad infinita de volar. Nada es imposible ante el amor.

Hasta ahora nos hemos entretenido con el padre y el hijo pequeño de la parábola. Nos parece enriquecedor considerar la figura del hermano mayor.

Decir de primeras, que los corazones del padre y el hijo menor son o están vivos. Sienten, se mueven, se equivocan, al menos el del pequeño, saborean lo que la vida da de sí. Sin embargo, y por lo que sabemos de la narración, el corazón del hijo mayor se aburre como una ostra. Nada le toca, nada le mueve, nada le atrae. No hay vibraciones en él. Ni tampoco las siente en su exterior. Es como una nota musical, siempre la misma y al mismo tiempo. Sin variaciones.

No está abierto a nada. Ni a su interior, porque de lo contrario, sentiría sensaciones. Sería consciente de ellas. Ni hacia fuera, porque vería colores diferentes. En una palabra, no tiene eco de nada.

El no se apoya. A él le sostienen. El no permanece. A él le aguantan.

Sólo reacciona ante la fiesta, el banquete, la multitud, la alegría, la elegancia. Y todo por lo que a él respeta. Desde él.  Está en una comparación permanente con todo y con todos. Sólo se apoya en lo suyo.

Se queja por el cacho vida que se ha pegado el tío, su hermano. Mientras él ha permanecido fiel en todo momento. El otro, en este caso, no es su hermano, sino el hijo de su padre: “tu hijo”. Es algo así como cuando dos hermanos hablando de su madre uno le dice al otro: “Sí porque tu madre”. Cuando lo normal sería: “sí porque mamá”.

Para el hijo mayor, el pequeño no es su hermano, sino su contrincante, su adversario.

Y, otra vez, la presencia del padre, amando a los dos. El pequeño no es “mi hijo”, sino “tu hermano”. “Pensando en ti”, le diría al mayor, “te resulta mejor que lo veas como hermano”. “Tienes motivos de alegría más que sobrados. Porque tu hermano estaba muerto y nos ha llegado vivo”. Y el padre, libre (a pesar del hijo mayor, desbordado de alegría por la venida del hijo, llevado por su deseo de compartir con otros, etc…) con unos gestos que le salen de verdad del alma, entra en la fiesta y se alegra con todos.


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