UNA PERLA EN EL CAMINO

Lo que hay, en un momento u otro, puede aparecer. Esto es lo que me ha ocurrido con el texto del evangelio que ha chispeado hoy en mí. Se trata de Lucas 5,17-26. Aquel enfermo llevado por unos amigos a la presencia de Jesús en una casa. Al no poder entrar por la puerta, debido al enorme gentío, optaron por agujerear el tejado e introducirlo por ahí. Y así, el enfermo acabó delante del mismo Jesús.

Se trata de una casa. En el ámbito de la sicología, la “casa” puede hacer referencia a tu propio mundo interior, a tu domicilio personal.

El contenido de la misma puede hacer referencia a los elementos, mecanismos, heridas, recuerdos, ambiciones que llenan ese universo profundo. En el caso que nos ocupa, la cantidad de “realidades” que están presentes en ese ámbito personal son muchas. Tanto es así, que no hay posibilidad de hacerse sitio para poder pasar.

Pasar a dónde. A ese “centro” de la casa, que también “es” ahí, como lugar de lo más auténtico y verdadero de uno mismo. Es el ámbito de Dios, o de lo divino.

Pero, por lo que nos narra el texto, todo ese contenido no nos ofrece el acceso a nuestra “santa sanctórum”. Estamos llenos de la presencia de lo más significativo de la religión (“fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas…”). Su figura nos hace pensar que el ambiente que se respira en la casa es altamente ortodoxo. Con un pensamiento que se amolda perfectamente a la visión que se respira en el ambiente. En dos palabras, gente “como dios manda”. Sí, con minúsculas, porque no permite la libertad, ni la autonomía, ni el uso de las propias luces.

Comprenderemos las dificultades con las que se encontraron el enfermo y sus acompañantes para poder entrar.

Lo “normal”, los “buenos hábitos”, las “normas de conducta”, no nos dan paso. Hay que situarse al margen de todo lo establecido. Porque el crecimiento integral no cabe en semejantes estructuras.

La visión reinante es pobre y empobrecedora. Hay que trascender. Hay que subir arriba. Y es curioso que donde podemos abrirnos paso, es donde “no hay nada”. Un simple tejado. Un espacio abierto al infinito, desde el que podemos desarrollar un proceso de acercamiento al Maestro. No es un itinerario hacia más arriba, sino hacia abajo, hacia dentro, hacia el interior de la casa.

Resulta que desde abajo no se podía entrar. Pero, desde lo alto, sí. Y aquí empieza el Camino. Y cuando uno está en Camino, la transformación llega.

El enfermo está junto a la Fuente. Ha sido una trayectoria de crecimiento, de dar cabida a la esperanza. De ir manteniendo todos los poros abiertos para que el “agua que salta hasta la vida eterna”, entrase y se pudiese transparentar.

Jesús domina la arena. Comienza por lo más inesperado. Por lo menos visible. Por lo más imposible en aquella mentalidad: el perdón de los pecados. Porque “solo Dios puede perdonar pecados” decían.  

Y Jesús les ayuda: dónde uno se juega más el tipo, diciendo “tus pecados está perdonados”, o diciendo “levántate y anda”. Porque el perdonar pecados, es algo que no se ve. Sin embargo, cuando dices levántate y anda, como el enfermo no ande, te la juegas. Pues bien, Jesús optó por lo más arriesgado. Le dijo: “A ti te lo digo, pone en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”. “El, levantándose al punto, … tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios”.

El Camino no nos ofrece ideas, sino realidades, experiencias. Que, como están tan claras y a flor de corazón no pueden sino transformarnos.

Y cuando se nos regala un don así, como aquellos coetáneos de Jesús, “quedamos asombrados”. Y nuestra “casa”, esté llena o vacía, respirará plenitud, porque veremos “cosas admirables”.

José Cruz Igartua

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