X ENCUENTRO CON JESÚS MAESTRO INTERIOR

(ESTE ES MI HIJO AMADO. ESCUCHADLE A ÉL)



Hay un dicho que dice: “cada maestrillo tiene su librillo”. Entonces, añadimos nosotros: “habrá tantos librillos como maestrillos”.

Jesús, el nuestro, también tiene el suyo. Aunque a decir verdad, todos los maestros tienen una sabiduría parecida en sus escritos.

Es bello contemplar que el lugar de los maestros espirituales no es tanto los centros de estudio, cuanto, sobre todo, la vida misma. Porque, de lo que se trata, es del arte de vivir.

Una vez más, aprovechamos el texto que hoy nos ocupa, para descubrir el tipo de “maestro” que encontramos en Jesús de Nazaret. Y un aspecto interesante de su magisterial estilo que, de verdad, nos resultará atrayente.

Dicen los estudiosos del Nuevo Testamento que Jesús en su llamada “vida pública”, tuvo dos fases. La primera, fue, algo así como, darse a conocer. Francamente, resultó una novedad impactante. Fue esto lo que cautivó a sus primeros seguidores. Es que sabía a nuevo todo en él.

Jesús, empieza a ser conocido. Es sentido como un hombre que “pasó la vida haciendo el bien”. Le siguen. Le traen los enfermos para que los cure. Cualquier necesitado sabía que en él tenía cabida. Hay una expectativa. Una ansiedad por estar a su lado. Su fama iba creciendo.

Pero, cuando su prestigio se fue haciendo mayor, los oficialmente famosos, empezaron a mosquearse. Le veían como peligroso. Como un imán que iba atrayendo, cada vez, a más personal. En ocasiones no era obediente con lo establecido. Dejaba en ridículo a la autoridad en general. Se atribuía unos aires divinos. Tanto es así que daba la impresión de ser de la “familia de Dios”.

Que vamos, por hacer el bien, todo lo dejaba tambaleando. Un desastre.

Los discípulos, siendo como eran de unos ambientes de pescadores, cuando Jesús les habla del Reino (con mayúscula) ellos lo perciben a nuestro estilo: todo será mandar, tener puestos elevados, prestigio desbordante, importancia honorífica, salarios a cuento, etc…

Pero Jesús era consciente del ambiente raro que se iba creando respeto a su persona. Hasta la misma gente, en ocasiones, le avisan que ande con cuidado. La cosa se iba enrareciendo con el tiempo. Por otro lado, Jesús, la armó en el templo despachando del mismo a los cambistas y mercaderes. Era una lucha abierta y, cada vez, más descarada.

En una situación así, donde se pensaba en un futuro inmediato de gloria, por otro lado, la realidad que reflejaba una situación de fracaso total, Jesús se dedicó al grupo de los doce, para hacerles ver que la cosa no iba a ser como ellos creían. Pero, también, tenía que ayudarles a intuir que, en medio de todo, era por ahí por donde tenían que pasar para llevar a cabo el proyecto de Dios.

El Maestro siente la necesidad de que sus discípulos profundicen en su interior. Descubran la vida nueva que está presente en todo lo que Jesús hace y dice. Sobre todo, que lo vean como algo que responde al deseo del Padre. “Para ser primero, tienes que ser último”, les había dicho. Y aquello otro de “si el grano de trigo no muere, no produce fruto”. Era importante descubrir la otra cara de la moneda.

Por eso, Mateo 17, 1-5

CONTEMPLACIÓN

“Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan”.

El trabajo del Maestro, aun tratándose de un grupo, siempre es personal. Valora a cada uno, y el efecto que cada cual puede tener en el grupo.

No les va a leer la cartilla. Desea acercarles a una experiencia.

“Y se los llevó aparte, a una montaña alta”.

La montaña, en la Biblia, es el ámbito de lo divino. Se trata de una montaña alta. Muy cerca de Dios.

Desde ese ambiente, quiere Jesús que sus discípulos sientan lo que se les avecina.

En el fondo de todo, la realidad sabe a distinto.

“Se transfiguró delante de ellos…Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él”.

La misión de Jesús entra dentro del marco de la historia sagrada. Sigue la trayectoria, el sentido del Antiguo Testamento. Encaja perfectamente con la línea de Dios.

“Pedro tomó la palabra: qué hermoso es estar aquí. Si quieres, haré tres chozas”.

Estaban en un pedazo de cielo que Dios les dio. Qué bello y agradable todo.

Sienten la tentación de perpetuar el momento. No echan nada en falta.

“Y una voz desde la nube decía:

Este es mi Hijo, el amado. Escuchadle a él.

El cielo se define a favor de Jesús. Es un fiel testigo. Dios está de  su parte.

Por eso, se les invita a que le escuchen. Dios, en medio de todo, está con él.

DESCANSO

A los discípulos se les ha concedido la gracia de descubrir el sentido de lo que les va a venir, desde la perspectiva de Dios.

Todo será según lo previsto. Y gustan el verdadero sabor de lo que se les avecina. Qué bien. Desde aquí todo se ve distinto.

Hay un peligro de, en medio de todo, seguir buscándose a uno mismo. Nos quedamos aquí. No es necesario marchar. No nos hace falta nada. Estamos como en un cielo.

El Maestro no se queda. El Camino le llama. Los caminantes le necesitan. Es importante caminar juntos hasta el final.

Por eso “Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: Levantaos, no temáis. Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo.

No somos caminantes para gozar, sino para vivir. Pero vivir aquello que estamos llamados a hacerlo.

El Camino como tal nos ofrece una perspectiva. Pero, cada momento es cada momento. Unos alegres, otros más duros. Pero todos desde la luz del sol al amanecer. Ya viene, pero, todavía, no del todo.

José Cruz Igartua


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