XII ENCUENTRO CON JESÚS MAESTRO INTERIOR

JESÚS SE RETIRABA PARA ORAR EN LUGARES APARTADOS


No cabe duda que el acercarnos al texto de los evangelios, nos gratifica con el descubrimiento, una vez más, de que se nos ofrece la experiencia del encuentro con lo “abundante” y “generoso”.

Los textos sagrados, más que dependencia, deben crear en nosotros una mayor afinidad. Es algo así como el sentirse respondido: te agrada, te atrae, y crea en ti el deseo de incrementar esa sintonía.

Y si, además, nos encontramos con un tema tan excelente, como el de la oración en el Maestro nazareno, Jesús, el anhelo se enciende y empuja al ensayo de una mayor profundización.

Nos agrada, sobremanera, la lógica de la coherencia hacia la que nos conduce nuestro libro sagrado. Hay que buscar la columna vertebral de todo el proceso de “caminante” espiritual. De qué se trata. Qué es aquello que cohesiona, da sentido, organiza los distintos aspectos del itinerario.

He aquí: “El Padre y yo somos uno”(Jn 10,30). “Como el Padre me conoce, así también yo conozco al Padre” (Jn 10,15). “El que me ha visto a mí, también ha visto al Padre”(Jn 14,8).

En una palabra, la interrelación entre Padre e Hijo. Hasta tal punto que se llega a una esencial unidad. El “Yo soy” que define al Padre en las primeras páginas de la Biblia, se descubre, igualmente, en el Hijo cuando se da a conocer a sus discípulos. El también les dice: “Yo soy, no temáis”.

Esa, pensamos, tiene que ser la intención de la oración creyente. Porque, además, esa es la realización completa del proceso no dual: Padre – Hijo; Padre – criatura.

“Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también sean uno en nosotros… para que sean uno, como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí…” (17, 21-23).

La vida de oración y contemplación es sencillamente descubrir la presencia de Dios en lo profundo de nuestro ser, en la profundidad de cada ser, y al mismo tiempo más allá de todos los seres.

El texto de hoy lo vamos a contemplar desde este telón de fondo. Lo haremos por partes, pero siempre iluminados por esta luz transfigurada que es el resultado final, desde el principio, de lo que en el fondo Es Todo.

MARCOS 1, 35 – 39:

“De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar”.

“De madrugada”. Podemos pensar que una persona no se levanta a esas horas, si es que no tiene práctica de hacerlo más veces. “Como busca la cierva corrientes de agua”, al primer atisbo de lucidez mental, en Jesús se enciende la luz del recuerdo de quien le apasiona: el Padre. La jornada de ayer ha sido muy laboriosa, movida y repleta de gente. Tenía que estar cansado. Pero su corazón necesitaba presencia de Aquel que generosamente le llenaba. El es el primero que aparece en su recuerdo.

Los demás estaban en la “oscuridad”. La de la noche. Y la de la inconsciencia. Descansando en el abandono. Estaban a ras de tierra, en sus cosas de sueño.

Jesús es el único despierto. Podríamos decir que su corazón estaba en orden, su paisaje interior sereno, y su “debilidad” (el Padre) asomando la cabeza.

“Jesús se levantó”. No es simplemente un cambio de postura. Es, sobre todo, un cambio de actitud. No es dejarse llevar. Es tomar las riendas. Es, sin género de duda, la primera postura del que se siente orientado a “amar a Dios, sobre todas las cosas… con todo su ser”.

Levantarse es sentirse llamado. En el caso de Jesús, sin género de duda, por dentro. Máxime, a esas horas. Es algo así como encender la luz de toda la casa. Poner todo en actitud vigilante y de entrega. Cuando Jesús despierta y se levanta, todo amanece. Lo de fuera y lo de dentro. Lo de aquí y lo de allá.

“Se fue a un lugar solitario”. No solo a un sitio donde sentirse aislado. También, recorrer un proceso de acercamiento hacia ese centro sagrado interior, donde se vive el encuentro con Lo más íntimo. Es un ejercicio de despegarse de todo aquello que, de alguna manera, te puede atar y condicionar. Es el ambiente más adecuado para poder dedicarse a algo al cien por cien. Totalmente.

“Y allí se puso a orar”. Cuando un caminante se pone a orar, es importante ser consciente de la intención de dicha oración. Qué pretende Jesús, qué busca, qué quiere “vivir” en ese momento.

No cabe duda que una relación. Un contacto. Una sintonía. Posibilitar una reverberación con la dimensión Absoluta.

Siempre lo hace desde “ahí”. Un hombre como él, atento, empático con todo y con todos, tiene que sentir durante el día un gran subidón anímico junto con un cansancio físico. La oración de Jesús  intenta calmar la “demasía” que en él se produce. Es algo así como el apaciguamiento de las olas. Éstas, una vez pasan, se van calmando, desaparecen y vuelven a adquirir su quietud oceánica. Entonces, sólo hay profundidad y calma. He aquí la fuente de inspiración, el reposo iluminador y el empuje motivador para que surja otra y otras posibles olas.

“Simón y los que estaban con él fueron en su busca y, al encontarlo le dicen:

  • Todos te buscan”.

Podemos, en un primer momento, distinguir el distinto contenido en la búsqueda de Jesús y en la de la gente. La dirección en el empeño de Jesús va orientada hacia la Dimensión Absoluta. A lo que, de verdad, Es. A eso que se nos hace presente en la esencia de todo. Lo que no tiene Forma, no se le puede describir. A eso que se autodefine como “yo soy”, “en quien vivimos, nos  movemos y existimos”.

Y a “todos los que te buscan”, qué les mueve. No cabe duda que tenemos que imaginarnos razones múltiples. La inmensa mayoría, posiblemente, se mueve porque sacan provecho de esa relación. Solamente recordar, después de la multiplicación de los panes y los peces. La muchedumbre sigue a Jesús. Y ante la dificultad que tienen de sintonizar con su mística, les dice: lo que a vosotros os mueve, no es tanto lo que os estoy diciendo, sino el hecho de que ayer os sacié el hambre. Y muchos se marcharon. Otros, como los discípulos, cuando Jesús les pregunta si ellos también le quieren abandonar, dicen: “a quién vamos a acudir. Tú tienes palabras de vida eterna”. A decir verdad, la novedad que Jesús aportaba era de alto nivel. Por eso, aquello de “el que tenga oídos que oiga”.

Esa muchedumbre tan variada requiere, departe de Jesús, un maestro verdaderamente experimentado, con una capacidad de discernimiento extraordinaria, y una sabiduría adaptada a la multitud. Evidentemente, todo esto Jesús lo iba descubriendo  en su interior, sobre todo, en sus frecuentes y largos ratos de oración.

En Jesús no hay separación entre acción y contemplación. Ahora una cosa, y después, otra. En él, la oración era activa, y la acción, contemplativa. Las dos dimensiones caminaban a la par. En la contemplación, Jesús se percataba, discernía el tipo de acción que tenía que desarrollar. Y en la acción transparentaba la contemplación de la que se había alimentado.

Decir una palabra ante una manera frecuente de pensar. Muchas veces, hemos sido testigos de la siguiente reflexión: “si uno está vacío, poco puede dar. Para dar hay que llenarse”.

Hemos considerado a la realidad del Espíritu en nosotros como un cajón lleno. Si vamos repartiendo lo que contiene, el cajón se vacía. Por eso, es bueno, de vez en cuando, llenarlo. Haciendo referencia a la oración, por ejemplo.

Cuando, en realidad,  el Espíritu es como una semilla de vida. Cuando la vida se da, la vida crece, se multiplica. Si escucho a alguien, alguien es escuchado. Y mi capacidad de escucha, cuando escucho, también crece.

“El les dice:

  • Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos para que predique también allí, pues para esto he salido.

Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios”.

Jesús es el maestro itinerante. No ha venido para instalarse. Para que la gente vaya donde él. Es él el caminante. El que ha bajado de lo alto, el que pisa nuestro barro, se pone en movimiento, no tanto para crear algo nuevo, sino para recrear lo creado. Podríamos pensar que la hechura de todo cuanto existe es la adecuada, llegar a encarnar la plenitud de los tiempos.

En esta misión, se deja mover por el Espíritu. Él le conduce. Su respuesta es la disponibilidad incondicional. En ella da muestras palpables de la salida permanente de Dios hacia todo cuanto existe. Se diría que es la “sed de Dios” en busca del hombre.

La misma práctica orante hace que Jesús vea con nitidez las tendencias de Dios, sus preferencias. El, como buen pastor, va donde sus ovejas. Casi se podría decir que ellas son las que dan razón del corazón de Dios. No son ellas las que le buscan. Es Él el que sale a su encuentro. Para “eso ha salido”.

“Recorrió toda Galilea”. En esa su tierra, estaba expresando su entrega a “toda la tierra”. Le gustan los conjuntos, las totalidades, lo global, lo completo. Y, encima, se desborda. Porque no es el Dios de las parcelas, de los trozos, de las propiedades. Todo lo creado no le alcanza. Su talla es elevadamente superior.

Y al hacerse el último en llegar, se sirve de lo que le puede servir. Como en las buenas familias. Acude a la sinagoga. Cuántas personas habrán pasado por ellas. Cuánto olor a ovejas no transmitirán en su interior. Cuanta humanidad no transmitirán por sus poros. Y en medio de las estrecheces de todo lo nuestro, él se siente como en su casa. Ahí, también, está su sitio. No lleva equipaje. Él es la novedad de todo. Y participando en lo de siempre, comunica lo “nuevo” a los que le acompañan.

Bebe, como todos, de la misma fuente de Sabiduría, se diría. Pero, en verdad, él mismo es “el Camino, la Verdad y la Vida”.

“Expulsa demonios”. Este término puede hacer referencia a todo dinamismo interior que se puede hacer presente en cualquier nivel. Siempre se trata de un elemento destructor de la creación.

La naturaleza humana trae consigo una serie de limitaciones. Otras, son producto de nuestra voluntad, nuestros intereses, nuestro desorden. Son fuente de sufrimiento y deshumanización.

Es bueno señalar que los demonios no hacen referencia a las energías diferentes del Reino, sino a los dinamismos contrarios al mismo. De tal manera que la promoción de unos, son la destrucción de los otros. Y al revés. De ahí el desacuerdo a muerte que se produce entre ambos.

Ahora, también, se captan mejor las cusas reales de la muerte en cruz de Jesús. Murió como murió porque vivió como vivió.

En el fondo es el compromiso de Jesús contra todo aquello que desequilibra el dinamismo normal de esa gran realidad que podemos denominarla como Reino de Dios.

Habrá veces en las que las propias limitaciones de lo creado nos llevan a momentos de deterioro. Otras, serán nuestros propios desórdenes los que se materializarán en vivencias de deshumanización. En todos ellos estará presente la intervención de Jesús para curar lo enfermo o para encauzar la anormalidad de la situación. Eso sí, siempre creando en los participantes una sensación de que el nuevo enfoque engendra una mayor armonía en aquello que estamos viviendo.

En todo este ejercicio terapéutico lo importante no es tanto el cambio del mismo (que también), sino la presencia en el momento del espíritu  del Reino. Lo que “salva”, más que la curación, más que el resultado, es la experiencia interior de la presencia entre nosotros de la dimensión absoluta de la realidad. Ahí está la correcta visión y vivencia de las cosas y de los momentos. Esa es la auténtica Verdad.

Fdo: José Cruz Igartua

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